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Una luz que no se apaga

9 abr
10 min de lectura

Actualizado: 11 may

Texto ganador del primer lugar en la convocatoria “Mi Barrio”, organizada por el H.

Ayuntamiento de Lagos de Moreno, en noviembre de 2026.

INTRODUCCIÓN

Antes de saber quién era, ya sabía de dónde venía.

Todos tenemos un origen, y el mío es un barrio imaginado por un poeta que nombró la luz, narrado por un cuentista que la volvió historia y pintado por un artista que la dejó ardiendo en las paredes.

Mi origen cabe en unas cuantas calles que aprendieron a nombrarse solas: un lugar que ilumina incluso en la memoria, el Barrio de La Luz.

Crecer aquí fue seguir un manual sencillo: medir el tiempo en campanadas, huir de los regaños cada vez que el balón golpeaba una puerta, volver a casa con las rodillas raspadas y contar los gritos de gol que se colaban entre las dos piedras que hacían de portería.

La vida transcurría en cosas que no parecían importantes: un taco de tortilla con sal, un pantalón escolar remendado, un trompo y una canica, la sombra de las torres de la parroquia cuando el sol se hacía de bronce.

La felicidad medía lo que una tarde compartida entre amigos, el sabor de la comida de mamá y el eco de nuestras voces repitiéndose entre las paredes del barrio, como si el tiempo, por un instante, se negara a seguir adelante. Éramos niños con prisa por anotar el gol del día y sin prisa para que se acabara la tarde.

En La Luz siempre bastó un apodo o un apellido para llegar a una dirección y que una puerta se abriera. Y no te perdías porque las señales de que estabas en el barrio eran claras:El Puente de Lagos, suficiente para entender que había un mundo afuera y otro, casa adentro.El Callejón de la Fortuna, un nombre corto para un infinito tan compartido.

La tienda de la esquina, punto de encuentro y partida, buzón del barrio.

Y, por supuesto, la Parroquia de Nuestra Señora de La Luz, el corazón donde lo cotidiano aprendió a ser sagrado.

Siempre pienso que este barrio nos educó con risas, pregones, el olor del comal, la banqueta caliente, los nombres en las bardas y los grafitis de La Luz XIV brillando en alguna pelea.

Si alguna filosofía hubo, empezó en la calle al compartir sin contarlo, agradecer sin anunciarlo, aprender a perder como quien aprende a ganar. Al hacer amigos una tarde para que se quedaran para siempre. Quizá por eso siento que no crecimos aquí; nos sembramos, y seguimos floreciendo en cada recuerdo.

Siempre dije, orgulloso, que La Luz era mi barrio, pero hace mucho entendí que en realidad era nuestro barrio. Porque esto no sería nada sin su gente. Y lo confirmo cada vez que el barrio entero parece respirar al mismo tiempo, con esa calma de quien ya se conoce de toda la vida.

Si cierro los ojos, todavía escucho el eco de una tarde cualquiera, donde alguien grita que “¡último gol gana!”; desde la puerta responden “¡ya métanse a la casa!”; y alguien, en silencio, apaga la luz del zaguán, se persigna y se echa a dormir.

La Luz no pretendía deslumbrar: bastaba con alumbrar lo nuestro.

Uno puede mudarse, crecer, irse lejos. Pero hay barrios —como este— que se quedan en la voz con la que dices casa.

NUESTRA FE

Crecimos yendo en familia a misa los domingos, a la Parroquia de Nuestra Señora de La Luz, ese corazón que marcó el pulso de nuestras vidas. Con los zapatos recién boleados y el cabello bien peinado, caminábamos hacia el templo que se alzaba con sus dos torres gemelas de tres niveles, balcones y campanarios de cantera que parecían llamarnos por nuestro nombre. La cúpula hemisférica, color terracota, con nervaduras blancas, que abrazaban la construcción como si cuidara que la fe no se escapara.

Yo sé que Dios vive en el cielo, pero en La Luz siempre tuvo casa.

Desde niños vivimos lo sagrado en lo cotidiano: nuestros bautizos, comuniones y confirmaciones. Aprendimos a arrodillarnos sin hacer ruido, a mirar el polvo suspendido en un rayo de sol como si la claridad tuviera cosquillas; a escuchar al sacerdote leer el Evangelio mientras el coro respondía; y a descubrir que el silencio también podía ser un idioma, todo en aquellas bancas de madera que crujían despacito; y que parecían decir: “aquí estás bien”.

Por el presbiterio pasaron una decena de curas y sacerdotes que dejaron huella: el padre Panchito, el cura Juan de Dios, el padre Martín y hasta el cura Goyito, entre otros; eran el rostro común de las homilías a las que asistíamos para pedir perdón o pedir permiso.

Cuando la misa terminaba, afuera, en el atrio, siempre encontrábamos tamales y atole calientitos. En ocasiones especiales, había todo tipo de comida mexicana que vendían las señoras de la pastoral familiar, comandadas por la señora Edith. Y los seminaristas, puntuales, vendiendo Inquietud Nueva y El Amiguito, revistas que uno leía hasta en el baño, por pura fidelidad al barrio.

En mayo, la parroquia se enchulaba: papel picado blanco y azul, adornos, flores y cohetes que anunciaban las fiestas parroquiales. Tenía sus diez días de celebración, con mucha música, mucha comida, mucha gente y dos o tres cubetas que uno se ganaba jugando a la lotería.

Salir de misa era una paz particular: encontrarte con tus amigos y sus familias; un momento de fraternidad y convivencia memorable. Todo transcurría en calma y, aunque uno de niño no entendía mucho, daba la sensación de que cada domingo sucedía algo importante.

Tal vez por eso, cuando pienso en la fe del barrio, no veo milagros: veo pertenencia. Y en esa pertenencia, la certeza de que, aun de niños, ya teníamos un lugar donde quedarnos.

NUESTRA FRONTERA

De pequeños íbamos al Puente de Lagos a ver el río crecido.

Ese puente, ícono de la ciudad, siempre nos regalaba los mejores atardeceres. Para nosotros, ver el cauce desbordado era casi asomarse al mar. Nos hacía pensar que el mundo era, por lo menos, cien veces más grande que las cuadras de nuestro barrio. Las tardes caían entre el murmullo de las aves que sobrevolaban el río, en ese pedazo de cielo que parecía reservado solo para nosotros.

Ese puente de piedra y cantera fue nuestra frontera. De niños lo cruzábamos solo para ir al mandado a Ley con nuestros padres, tomar un autobús a León o visitar a los abuelos en La Huitlacocha. La primera vez que lo crucé en bicicleta creí que ya no iba a volver a casa: me sentí un adulto independiente de ocho años, estrenando el mundo que quedaba más allá de la Hernando de Martell.

Sin embargo, al regresar por la tarde — con los obeliscos rematados en farolas ya encendidas, el pretil de cantera y el muro de contención por donde a veces caminábamos en lo alto — el aire cambiaba. Olía a casa. Porque el barrio siempre fue una extensión de nuestros hogares, y el puente, nuestro barrio.

Un día entendí que el puente no separa nuestro barrio de todo lo demás: solo nos recuerda de qué lado está la casa.

NUESTRA FORTUNA

En medio del barrio, como una arteria escondida que se extendía al ritmo de nuestra infancia, estaba el Callejón de la Fortuna. No era solo un pasaje de piedra y colores, sino el escenario donde crecimos mis hermanos, mis amigos y yo, moviéndonos juntos, como si cada juego fuera una ola que nos llevaba de la mano. Fue el lugar donde nuestros padres se graduaron como los mejores padres.

En el callejón no había solo momentos, sino una sucesión de etapas en las que cambiábamos todos al mismo tiempo: de cortar moras en la casa abandonada a construir casitas; del trompo al yo-yo; del “changáis” al fútbol; de las tardes de lotería a las escondidas.

El callejón marcaba nuestras estaciones, y nosotros simplemente fluíamos con esa corriente compartida. Fuimos niños sin prisa y con toda la fortuna del mundo.

En la cima del callejón, esas escaleras casi al final eran nuestro punto de reunión sagrado. Ahí nos sentábamos a descansar, a reír, a planear la siguiente travesura, a soñar por primera vez. Y siempre, vigilando al inicio del callejón, la imagen de la Virgen de Guadalupe pintada en la pared nos recordaba que había algo divino en ese refugio. Esa Virgen morena a la que el “Chino Cumbias” siempre festejó, religiosamente, con rezos, música y “carnitas” para todos cada 12 de diciembre.

Muchos de nosotros entendimos que no hacía falta tener mucho para vivir en un mundo completo.

Y entre todo eso, estaba la sinfonía del callejón: el eco de las madres llamándonos a casa, el vendedor de garrafones, el ladrido de nuestras mascotas, el murmullo de las charlas que se colaba por las ventanas.

Cada sonido era parte de nuestra historia, una prueba de que nunca estaríamos solos. Como el sonido de los platos y las cucharas cuando nos sentábamos en familia a comernos un pollo rostizado y un vaso de Coca-Cola.

Con el tiempo, cada uno de nosotros tomó su rumbo, y aunque nos distanció la vida, no fue antes de darnos cuenta de que la verdadera fortuna del callejón no fue el sitio, sino lo que fuimos dentro de él.

Por eso cada vez que digo de dónde vengo, sé que señalo un refugio que nos protegió y nos enseñó cada día: ese estrecho callejón que nos ensanchó el mundo.

NUESTRA ESQUINA

En el cruce de Hernando de Martell y 31 de Marzo, donde la Glorieta de los Niños abre el barrio como una palma extendida, se encuentra la tienda de los Domínguez, atendida por doña Crucita y su familia.

Visible para quien entraba y para quien volvía, era el punto donde La Luz se saludaba a sí misma: bastaba bajar por “algo” para encontrarse con medio mundo.

Antes o después de ir a jugar fútbol o andar en bicicleta, bajábamos a comprar nuestro jugo, nuestra agua o un bolillo con cuerito —del duro o del blanco— con un peso de Salsa Maga para amansar el hambre.

Desde esa esquina salían nuestras rutas: dos pedaleos o un balón, un “ahorita vengo” y un día que rozaba en lo perfecto por delante.

Doña Crucita, siempre paciente, a veces reía con nuestras ocurrencias, nos atendía sin quitar el ojo de su novela, mientras nos nombraba por el apodo y preguntaba lo justo. No hacía falta más: éramos niños con energía, con algún o ningún peso en la bolsa y con ilusiones que transformábamos en vida cada día.

Los sábados, al mediodía, la esquina cambiaba de pulso: los amigos esperábamos a otros, parados afuera, como si fuéramos guardianes de la esquina.

Hacíamos ruido, pero no era bullicio: era la vida a volumen de barrio. Si alguien faltaba, se notaba; si alguien llegaba, se notaba más. La esquina nos pasaba lista. 

Con el tiempo entendí que más que abarrotes, en la esquina comprábamos la oportunidad de comenzar el día con pertenencia.

Y si hoy me preguntan dónde empieza La Luz, respondería que en esa esquina que, aunque está justo en el medio, siempre fue el inicio de todo. Esa esquina enclavada en el corazón del barrio, donde aprendimos a ser parte de algo. Donde hasta las sombras de quienes pasaban saludando se quedaron con nosotros, como amigas viejas que, sin decir palabra, te enseñaban siempre a regresar.

NUESTRA LUZ

Ahora que sé quién soy, entiendo por qué siempre regreso.

Los años han pasado, y ya no somos los mismos niños. Hay marcas en nuestros rostros y canas que se mudaron sin pedir permiso entre nuestros cabellos. El tiempo cambió nuestra voz y nos cambió los juguetes por herramientas de trabajo. Pero nosotros no envejecimos: nos convertimos en la memoria de nuestro barrio. Ese barrio que no cambia; que, aunque las fachadas se pintaron de nuevo, las calles se repararon y los negocios cambiaron de nombre, la esencia del barrio... esa, esa sigue intacta.

Me gusta volver a esas bancas de madera de la parroquia, que ya no me dicen “aquí estás bien”, sino que ahora me preguntan “¿estás bien?”.

Me gusta volver a esa iglesia que ahora, de adultos, nos ha acompañado en el último adiós de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de nuestros padres… y que aún nos recibe con los brazos abiertos, mientras visitamos a la Virgen y a ese pedazo de nosotros que dejamos cuando lloramos frente a Dios, y que todavía sigue rezando en esas viejas bancas de madera.

De niño sabía que teníamos ese lugar para quedarnos, pero hoy se ha convertido en un sitio para quebrarnos, para descomponernos, para pedir por un poco más de fuerza para reconstruirnos todas las veces que la vida lo exija.

Me gusta volver y escuchar a Dios, cada vez más fuerte, en ese silencio que el dolor nunca consiguió callar.

Me gusta la sensación de cruzar el puente y saber que sigue habiendo un camino de regreso a casa; cada vez que lo cruzo, siento que vuelvo a cruzar la infancia. Un puente que, a la vista, parece más pequeño, pero que en el corazón se ha hecho inmenso. Tan grande, que los segundos que tardo en cruzarlo se convierten en los años que anduvimos de la mano de nuestros padres.

Me gusta regresar al callejón de piedra y escuchar el eco de nuestra niñez.

Ya no hay tantos niños como antes; algunos vecinos ya no están, pero ahí siguen esas escaleras, sigue la Virgen de Guadalupe con sus veladoras, sigue la sensación de que los adultos de aquel entonces todavía nos miran, como si aún fuéramos aquellos niños.

Cuando siento que me falta algo, vuelvo —aunque sea con la memoria— a ese callejón donde lo tuve todo.

Y me gusta volver a la esquina, donde doña Crucita sigue atendiendo.

Donde algunos de mis amigos aún se reúnen. Donde cambiamos el jugo de naranja por una cerveza fría. Me gusta estar ahí, porque al escucharnos reír, si cierro los ojos, puedo imaginar a mi madre en la casa, a mis hermanos jugando, y a mi padre llegando con algo de comer, listos para sentarnos juntos, como antes, en ese mundo perfecto que fue la niñez.

A veces la felicidad no se busca: se recuerda en una voz, en un rostro, en un aroma…

Soy de la idea de que todos nacemos dos veces: una cuando abrimos los ojos y otra cuando aprendemos de dónde somos. Y yo, cada vez que vuelvo, nazco de nuevo en La Luz. ¿Cómo fuimos tan afortunados de crecer aquí?

En el Barrio de La Luz, donde el poeta que lo imaginó no se equivocó: el barrio es una luz. Pero no una que deslumbra, ni una que busca opacar. Es una luz que no se nota, pero te calienta por dentro; un barrio que, sin hacer ruido, sigue brillando. Y al que cada vez que vuelvo, algo dentro de mí también vuelve a su lugar. Como si el alma recordara su casa. No importa cuánto uno se aleje: hay luces que no se apagan, y La Luz es una de ellas.

Fotografía nocturna de una calle tranquila con una iglesia iluminada al fondo, en una atmósfera cálida y nostálgica que evoca memoria, ausencia y esperanza.

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