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Bitácora de un sueño cumplido

27 may
7 min de lectura

Texto leído durante la presentación de El Mejor de los Peores, el 29 de noviembre de 2024, en la Escuela de Artes de Lagos de Moreno.

Discurso final de la presentación de El Mejor de los Peores

Cuando anuncié por primera vez que iba a lanzar este libro, entendí que tenía frente a mí la oportunidad de compartir lo aprendido después del sube y baja extremo que ha sido mi vida.

Después de reflexionarlo bien, pude identificar las tres lecciones que me han forjado y sacado de cualquier hoyo y que hoy me tienen aquí con ustedes. Por eso, hoy quiero compartir con ustedes a través de este libro.

La primera lección es que la vida nunca será perfecta, y eso está bien.

Estamos a dos días de que comience diciembre, el último mes de este 2024. Yo estaba contento porque apenas le iba agarrando el rollo al año… y ya se va. No fue un año fácil. Pero, siendo honestos, ¿alguno lo ha sido?

A principios de enero iba cruzando los Andes por carretera, de Santiago de Chile a Mendoza, Argentina. Era una postal hecha realidad: montañas nevadas, viñedos al pie de la cordillera y paisajes dignos de presumirse en cualquier fotografía. Pero mientras pensaba en filtros y textos para las fotos, me enteré de que habían robado mis ahorros con los que planeaba regresar a casa.

Así fue como, entre la nieve y los viñedos, le agarré cariño a las Maruchan. Desde esa “austeridad republicana” supe que el año sería complicado.

Y, sin embargo, hoy estoy aquí, presentando mi libro.

La vida es, en esencia, una montaña rusa: subes, bajas, das vueltas y, en algunas curvas, sientes que te sales del camino. Pero no hay de otra: estamos en el viaje. Hay días en los que te quedas disfrutando la vista desde la cima y otros en los que desciendes a 100 km/h. Pero eso está bien, la vida no tiene que ser perfecta. Si lo fuera, ¿dónde estaría la diversión? ¿De qué nos estaríamos quejando?

El otro día, por ejemplo, decidí darme un gusto: una pizza grande solo para mí. La promoción incluía una Pepsi de dos litros y unos Crazy Puffs de pepperoni. Todo por ciento setenta pesos. Estaba listo para disfrutar una noche épica viendo El Retorno del Rey, pero descubrí que la película estaba en inglés y sin subtítulos. Mientras buscaba otra versión, la pizza se enfrió. Finalmente encontré la película, me serví dos pedazos gigantes, apagué las luces, subí el volumen y descubrí que no me habían mandado cátsup. Luego me dormí.

A ese constante tira y afloja de la vida ya le agarré cariño. Apenas las cosas empiezan a ir bien, uno ya está entrecerrando los ojos, vigilando de dónde vendrá el chingadazo esta vez. Lo importante es aprender a vivir con ello, porque cuando tienes hambre, hasta la pizza fría sabe bien. Y si no hay cátsup, sacas la Salsa Valentina y haces lo que puedes. No se trata de que todo salga perfecto, sino de disfrutar lo que tienes mientras lo tienes.

Pienso que el equilibrio en la vida no viene de evitar caídas, sino de aprender a levantarse sin romperse. Por eso no me sorprende que, en uno de los años más difíciles de mi historia, esté publicando mi primer libro. Y esa imperfección también es vida.

Permitámonos aceptar que la felicidad no es un lugar donde llegas y te quedas; son momentos fugaces que debes aprender a atrapar. Y la ventaja de que todo termine es que los malos momentos también se van.

Al final, todo se trata de aprender a reírte de los problemas, aunque ellos se rían de ti primero. La vida no está diseñada para ser perfecta, sino para que tengas algo que contar en las reuniones... o en las presentaciones de un libro. No esperes al final de la vida para ir agarrándole el rollo; disfruta del caos mientras sigues aprendiendo a vivir.

La segunda lección está relacionada con que, si la vida no es perfecta, mucho menos lo seremos nosotros. Hay que aceptarnos tal cual somos. Recordemos que nadie es tan guapo como en su foto de perfil ni tan feo como en su INE.

Hace poco tiempo, una mujer me dijo que no quería estar conmigo porque yo era muy “perfectito”. Y yo ni siquiera hoy puedo asegurar que traigo los dos calcetines del mismo par.

Durante mucho tiempo quise agradar a los demás. Quise parecer más interesante, más serio, más correcto; como si uno tuviera que pedir permiso para ser quien es. Hasta que entendí que fingir también cansa.

Desde hace años quería escribir un libro. Primero comencé una novela en la que metía poesía, amores trágicos y palabras que recién aprendía. Pero, cuando la leía, sentía que estaba leyendo a alguien que no conocía. Podía sonar bonito, pero no sonaba a mí.

Entonces dejé esa novela de lado y comencé de nuevo con mis cuentitos.

Ahí aparecieron el humor, la sátira, las palabrotas y esa manera mía de mirar las cosas serias sin quitarles por completo lo absurdo. Siempre he visto el humor como una puerta de entrada y una puerta de salida: no para escapar de lo que duele, sino para que el dolor no termine ocupándolo todo.

Cuando dejé de intentar escribir como alguien más, todo comenzó a fluir. Incluso me sentí más conectado con quienes me leían. No porque me haya vuelto perfecto, sino porque dejé de disculparme por ser quien soy.

Y sí, a veces soy imprudente, maleducado, un cabrón sinvergüenza. Pero, como lo escuché una vez: no se confundan, a mí me educaron bien; elegí las groserías por decisión propia.

Cuando uno se quita de encima los prejuicios, se perdona por sus errores y se atreve a intentar las cosas a pesar de las críticas, tiene asegurada una vida que valdrá la pena recordar.

La vida es larga para corregir, pero corta para pretender ser otro. Aceptar nuestras imperfecciones no nos hace menos; nos hace humanos. Tenemos tiempo para equivocarnos, aprender y volver a empezar; lo que no deberíamos hacer es desperdiciarlo intentando convertirnos en alguien que no somos. Y nunca olvidar que un error no define tu historia; lo que importa es cómo sigues escribiéndola.

Hay que voltear de vez en cuando al universo y recordar que, en toda esa inmensidad, un error pequeño de un ser imperfecto como nosotros no moverá un grano de arena. Perdonémonos, aceptémonos y seamos la mejor compañía que podamos ser para la única persona que ha estado con nosotros desde que llegamos a este mundo: nosotros mismos.

La última lección que quiero compartir con ustedes es, probablemente, la más importante: si ya sabemos que nada será perfecto, lo que nos queda es ponernos a vivir.

El tiempo no se detiene, pero nuestra percepción de él es muy curiosa. Hay años que se nos escapan entre las manos, como arena en la playa, y hay otros que se sienten como si te aventaran la arena en los ojos.

Este año, para mí, fue como cinco en uno. Aprendí mucho, crecí mucho y también sufrí mucho. Hubo exceso de momentos malos, pero también de momentos buenos. Incluso aprendí a hacer agua de horchata fresa.

Y les aviso: si este libro no pega, ya me vi con mi puestecito en el mercado: Aguas de Horchata Fresa El Mejor de los Peores.

La vida está llena de oportunidades, pero si no las tomamos, se vuelven un eterno imaginar.

Salir de nuestra zona segura da miedo, pero quedarnos en ella da aún más. Porque la vida está ahí, no solo brindando oportunidades, sino dejando espacio para que las generemos nosotros mismos. Y sí, habrá días malos. Días en los que parece que todo se complica. Pero también habrá días en los que todo tendrá sentido. Y cuando llegue uno de esos días, habrá valido cada caída, cada intento fallido y cada tropiezo sufrido en el camino.

Por supuesto, vivir no significa que todo será fácil. En el camino siempre habrá problemas. Y, curiosamente, entre más aprendemos, parece que los problemas se hacen más grandes. Pero no es que crezcan; es que nosotros crecemos.

El problema no es el monstruo bajo la cama, es que ahora ya alcanzamos a ver los que están en el clóset.

Así nos la llevamos. Aparece un problema, lo enfrentamos, lo resolvemos. Y cuando volteamos hacia atrás, los problemas que antes nos quitaban el sueño ya no parecen tan terribles. Ahora hay otros nuevos, más desafiantes, pero no porque la vida sea más difícil, sino porque nosotros hemos aprendido a mirar hacia adelante.

La vida es un tira y afloja constante, y si no jalamos con fuerza, nos quedamos con las manos vacías.

El título de mi libro, El Mejor de los Peores, no es un recordatorio de que somos imperfectos. Es un recordatorio de que, incluso en nuestras peores versiones, seguimos teniendo algo valioso: la capacidad de intentarlo una y otra vez.

Cada intento, cada tropiezo, cada momento de risa y lágrimas es lo que nos convierte en lo que somos. Y mientras tengamos la valentía de seguir intentándolo, nunca estaremos en el fondo.

Así que hoy les digo: La vida no es un ensayo, no tiene edición como uno de mis cuentos. La vida es el gran escenario, es ahora o nunca. Porque aunque no seamos perfectos, aunque tropecemos mil veces, seguimos siendo los mejores en algo: y es en vivir nuestra propia historia.

Así que sigamos escribiendo la nuestra, con todos los errores, las risas y las pequeñas victorias, que nos hacen únicos. Porque al final, no se trata de vivir una vida perfecta, sino una que sea profundamente nuestra.

Hoy celebro con ustedes que, en esta loca montaña rusa, sigo subiendo y bajando, sin ninguna prisa de que llegue el final, aferrado al viaje. Y como dijo Gustavo Cerati, después de compartir escenario con Spinetta: “Si hay un sueño cumplido, es este”. ¡Muchas gracias a todos!

Hombre frente a un atril observa un camino elevado que sube y baja hacia el horizonte, como metáfora del viaje de la vida y de un sueño cumplido.

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