Prisionero
Últimamente la noche llega con ideas que no me dejan dormir. La hora de cerrar los ojos se ha vuelto la hora exacta de pensarte; como si la oscuridad, en vez de apagar el mundo, encendiera todo lo que intento esconder durante el día. Ya no sé si cuando pienso sueño, o si cuando sueño estoy pensando. Desde que apareciste, llevo por cabeza un huracán y en el pecho una casa con todas las ventanas abiertas.
Hay algo en ti que sabe sitiarme sin violencia. No necesitas cadenas, ni gritos, ni juramentos; te basta esa forma tuya de existir cerca para que todo en mí pierda el orden. Has aprendido a ocupar mis silencios con una precisión peligrosa, a entrar en mis pensamientos como si entraras a una casa sabiendo que ya te pertenece.
No sé en qué momento dejé de defenderme. Quizá fue cuando tu nombre empezó a quedarse más tiempo del debido en mi boca, o cuando mis manos comenzaron a imaginarte antes de que yo les diera permiso.
Ahora entiendo que no todas las prisiones tienen barrotes. Y aquí estoy, encerrado en esta libertad extraña, perdiendo el control de mis dedos, de mis ojos y hasta de mis emociones. Por ti, mis días tienen algo de condena y de milagro. No me siento vencido, pero tampoco intacto. Yo, que todavía podría escapar, sigo buscando razones para quedarme.
Porque ¿cómo puede un prisionero sentirse acorralado cuando tiene el alma libre y el corazón ocupado? ¿Cómo puede llamarse castigo a este encierro donde todo duele un poco, pero también ilumina? Eso es lo más peligroso de ti: que me tienes preso, sí, pero en una cárcel donde la puerta siempre ha estado abierta.


















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