Lo que Dios ve

Hay cosas que solo Dios alcanza a ver… y otras que, quizá por misericordia, nos oculta a propósito.
Eso pienso cuando contemplo los paisajes.
Él mira el cuadro completo desde arriba, mientras nosotros apenas distinguimos, entre la niebla, lo que tenemos a unos pasos. Vemos una curva, una pendiente, alguna piedra en medio del camino. Dios, en cambio, debe mirar también aquello que todavía no existe para nosotros: lo que espera detrás de la montaña, lo que aparecerá cuando cambie el clima, lo que quizá nunca lleguemos a comprender del todo.
Quizá no lo vemos, pero Dios sostiene el paso de quien se atreve a cruzar el camino.
Aun así, a veces quisiera tener su panorámica.
Entender por qué ciertas montañas aparecen y desaparecen entre las nubes. Por qué algunos caminos se revelan tarde y otros se esconden justo cuando más los necesitamos. Saber si aquello que hoy parece un desvío algún día tendrá sentido o si hay lugares a los que simplemente nunca debimos llegar.
Pero quizá saberlo todo también nos quitaría algo, porque la vida no parece exigir certeza; basta con que tengamos confianza.
La fe no suele ser clara, por eso hay recompensa en seguir caminando con la confianza de que Dios ve lo que nosotros todavía no alcanzamos. Dar un paso cuando apenas distinguimos dónde poner el siguiente pie. Avanzar sin tener la garantía de que detrás de la niebla habrá exactamente aquello que esperamos.
Guardo un viejo reloj que me dio mi madre hace once años. Está detenido. Durante mucho tiempo pensé que debía arreglarlo, pero nunca lo hice. Ahora me gusta precisamente así, inmóvil, marcando una hora que ya pasó y que, de alguna manera, todavía conserva.
Como dice aquel proverbio, incluso un reloj descompuesto marca la hora correcta dos veces al día.
Lo mismo pienso de nosotros.
Podemos pasar temporadas enteras sintiéndonos fuera de lugar, atrasados, detenidos. Creyendo que todos avanzan mientras nosotros seguimos señalando una hora que ya no existe. Y, aun así, en nuestros peores momentos, hay instantes en los que coincidimos con lo que la vida espera de nosotros.
Una decisión. Una persona. Una oportunidad.
Un instante en el que, incluso sin saber cómo llegamos hasta ahí, parecemos estar exactamente donde teníamos que estar.
Y de momento, eso basta.
Porque, a diferencia del reloj, nosotros sí podemos ajustarnos y seguir andando. Todavía podemos mover las manecillas.
El reloj ya no tiene remedio.
Nosotros todavía tenemos tiempo.
Y mientras quede tiempo, siempre quedará la posibilidad de cruzar la niebla, volver a mirar el camino y ajustar el rumbo.

















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