Lo que Dios ve
Hay cosas que solo Dios alcanza a ver… y otras que, quizá por misericordia, nos oculta a propósito.
Eso pienso cuando contemplo los paisajes. Él mira el cuadro completo desde arriba, mientras nosotros apenas distinguimos, entre la niebla, lo que tenemos a unos pasos. Dios no siempre nos deja ver lo que ve en el camino, pero sostiene el paso de quien se atreve a cruzarlo. Aun así, a veces quisiera tener su panorámica: entender por qué ciertas montañas aparecen y desaparecen entre las nubes, por qué algunos caminos se revelan tarde y otros se esconden justo cuando más los necesitamos.
Pero quizá la vida no exige certeza, sino confianza. La fe no consiste en ver con claridad, sino en seguir caminando con la confianza de que Dios ve lo que nosotros todavía no alcanzamos.
Guardo un viejo reloj que me dio mi madre hace once años. Está detenido, pero, como dice aquel proverbio, incluso un reloj descompuesto marca la hora correcta dos veces al día. Lo mismo pienso de nosotros: aun en nuestros peores momentos, hay instantes en los que coincidimos con lo que la vida espera de nosotros.
Y de momento, eso basta.
Porque, a diferencia del reloj, nosotros sí podemos ajustarnos y seguir andando. El reloj ya no tiene remedio; nosotros todavía tenemos tiempo. Y mientras quede tiempo, siempre quedará la posibilidad de cruzar la niebla… y ajustar el camino.


















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