¿Quién va para San Juan?

“El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio... si puedes fingir eso, lo has conseguido.” —Groucho Marx

La última vez que peregriné a San Juan no llevaba manda, solo algunas dudas y la absurda confianza de que ocho horas caminando no podían cambiarle la vida a nadie. Pero me equivoqué.
El dos de febrero, en México y otros países, se celebran el Día de la Candelaria y el Día de la Virgen de San Juan. Así, una pegadita a la otra. A los católicos ya se nos llenó el calendario con tantos santos, y ahora andamos encimando fiestas.
En esta fecha se lleva a cabo una de las peregrinaciones más grandes del país para visitar a la Virgen de San Juan de los Lagos. La peregrinación empieza antes del dos, porque si sales ese día, llegas el tres, el cuatro o hasta el cinco. Pero el cinco ya es Día de la Constitución y, como históricamente nos ha protegido más la Virgencita que la Constitución, el dos agradecemos de rodillas en el templo y el cinco lo agarramos de asueto para ir a las albercas a quitarnos «la calor» con un cartón de cervezas y sándwiches de jamón.
Cuando era más joven, hice esta peregrinación en dos ocasiones. Nunca llevé manda. Eso de prometerle a la Virgen algún sacrificio a cambio de un favor no me pasaba por la mente. Apenas era un niño que jugaba a los tazos y al que le empezaban a gustar las niñas. En aquel tiempo, mis mayores preocupaciones eran que mis Tigres no se fueran al descenso y saber si el Rasta le ganaría la final a la Chío en Big Brother. Y ese era, precisamente, mi mayor pecado.
Nosotros la teníamos fácil: salíamos de Lagos de Moreno, uno de los pueblos más cercanos a San Juan. Y mientras otros peregrinos caminaban días o incluso semanas, nosotros caminábamos unas ocho horas, y aun así pedíamos que nos llevaran en coche a las afueras del pueblo para ahorrarnos otra horita de camino. Pero la distancia corta no era nuestro problema. Además, no podía imaginar a la Virgen checando el kilometraje en nuestro smartwatch para ver cuánto peregrinamos. Según tenía entendido, los milagros se repartían sin contar los pasos.
Pasaron muchas primaveras entre mis primeras romerías y la noche en que Roberto Almirón me pidió que lo acompañara. Él traía manda porque la Virgen le hizo el milagro de que su mujer dejara de engañarlo; el pobre descubrió que su mujer lo estaba engañando, ¡y con la prima de ella!
O sea, a la mujer le quitó lo infiel, lo incestuosa y lo «tostada» ¡de un solo chingadazo! Eso se tenía que agradecer entrando de rodillas a la catedral, cargando una cubeta de cajeta en cada mano.
Al principio yo no quería ir, pero Roberto no paraba de insistirme. Yo tampoco pasaba por mi mejor momento con Dios ni con la Virgen, así que pensé que podría aprovechar para recomponer el camino y pedir por unas cuatro o cinco ovejitas negras de mi familia que andábamos entre lo malo, lo muy malo y lo «más pior».
Cuando era niño en el catecismo nos decían que la fe mueve montañas, pero luego aprendí que las montañas se quedan donde están para ver si la fe nos alcanza para llegar. Por eso quería aprovechar esta oportunidad para pedir perdón a Dios y a la Virgen por tantos años de juventud en la insolencia, el hedonismo y el «calderonismo».
Esa noche preparé mi mochila con una linterna, agua y unos Doritos. Mi papá me hizo dos tortas para el camino y, con mis botas de suela gruesa, me dirigí a casa de Roberto donde ya esperaban otros peregrinos.
Cuando llegué, entendí que la peregrinación sería algo más parecido a una excursión de pecadores:
• Bertha, tía de Roberto, de unos cincuenta y ocho años, vestía pants, chamarra y huaraches.
• Doña Silvia, hermana mayor de Bertha, tenía sesenta años y era un pan de Dios.
• Los hijos de doña Silvia: Pablo, Tomás y Juan, tres adolescentes con playeras de las Chivas que iban a pedirle a la Virgen que su equipo ganara un campeonato.
• Javier, primo de Roberto, y Andrea, su novia. Ellos ni siquiera eran católicos, pero andaban buscando «experiencias en pareja». ¿Ya se habrían enterado de los moteles?
• Mónica, amiga de Andrea, pelirroja y acuerpada. La gente decía que iba a pedir perdón porque ya traía el cuerpo «muy usado».
• Doña Ramona, vecina de Roberto, tendría entre 80 y 150 años. Encorvada, filosa y con cara de haber vencido a cien enemigos.
• Roberto Almirón, cornudo.
• Manuel, oveja negra.
Apenas terminé de ubicar quién era quién, cuando Bertha comenzó a gritar:
—¿Quién va para San Juan? ¿Quién va para San Juan? ¡¿QUIÉN VA PARA SAN JUAN?!
—Cálmese, tía, sí la escuchamos, aquí estamos todos —le dijo Roberto.
—A ver, acérquense. Ya vamos a salir con la Virgencita. Hay que caminar con fe y acordarnos de por qué venimos, sobre todo cuando ya estemos cansados. Sé que algunos vienen por costumbre y otros por el argüende, pero ya estando aquí, hagámoslo por ella. Que nos proteja y nos cuide de todo mal. Amén.
—Amén —dijimos todos.
—¿Alguien quiere decir algo?
—¿Señora, neta se va a ir en huaraches? —dije.
—¡Ay, a ti qué te importa! —Me gritó mientras levantaba el dedo de en medio antes de empacar una Coca-Cola de tres litros en su mochila.
—¿Y se va a llevar esa cocota, Bertha? —le preguntó doña Ramona.
—Claro, doña, hay que ir hidratados.
—Pues con tanto gas, la fe se le va a subir hasta al cielo.
—A usted no se le quita lo metiche, ¿verdad? ¿No será abuela de este menso? —respondió señalándome.
—Tranquila, Bertha, era una bromita. También hay que ir platicando, mujer —contestó doña Ramona calmando las aguas, mientras que yo, con cara de menso, me tomaba un Sedalmerck y me lo pasaba con un trago de Coca para entrar con energía a la peregrinación.
Iniciamos la caminata justo a las diez de la noche. Calculábamos llegar a la catedral a las siete de la mañana, siempre y cuando doña Ramona no se desmayara en el camino.
—Oiga, ¿y usted todavía aguanta la peregrinada? —le pregunté.
—Llevo más años peregrinando que los que tiene tu abuelito haciéndose wey.
—¡Tranquila, doña! Era una bromita. Se me hace que los peregrinos ya nomás vienen a ver si usted no se ha muerto.
—Tú y ellos se pueden ir mucho a la chingada. ¿Cómo te llamas, cabrón?
—Manuel.
—Pues, Manuel, ¡chingas a tu madre! ¡Ja, ja, ja!
—¡Ja, ja, ja!
Y yo juntándome con Roberto… Su vecina era la mejor amiga que uno podía pedir. Apenas llevábamos un rato caminando y ya me caía mejor que él.
Durante la primera hora nos unimos con los demás peregrinos. Éramos miles. Todos caminando a un costado de la carretera, encendiendo luces para que no nos atropellaran los camiones.
Algunos peregrinos rebasaban como si fueran carreras, otros apenas movían los pies y algunos más descansaban a la orilla de la carretera. Yo solo intentaba no quedarme atrás.
Las hermanas lideraban el grupo, entonando cánticos a la Virgen y rezando de vez en cuando. Sin embargo, el viento les soplaba las palabras y el frillazo de la noche las hacía balbucear. Iban apenas moviendo los labios:
«Virgen santísima brrr, brrr, brrr, brrr, amén».
—Doña Bertha, la verdad, con este frío ni usted se entiende cuando habla. Parece que estamos rezando en clave morse —le dije mientras me ponía mi chamarra.
—Pues la intención es lo que cuenta. Ojalá fueras tan bueno para rezar como lo eres pa’ ser metiche —me dijo enojada y siguió rezando.
Los tres Chivas se adelantaban unos 200 metros y luego esperaban a que les diéramos alcance, y después volvían a hacer lo mismo. Su mamá, muy calmada, les comentaba:
—Niños, con cuidado, no se vayan a perder.
Después de un rato, los tres weyes se perdieron.
Doña Ramona le dijo a la inquieta madre:
—Déjalos, Silvia, al rato los encontramos, no están tan pendejos tus niños.
Luego rezó algo medio improvisado, pero a doña Silvia le bastó para calmarse.
—Usted parece que ya se las sabe todas, ¿verdad, doña? —le pregunté.
—Mira, Manuel, nunca te ahogues en un vasito de agua. Nada es tan importante ni tan urgente como para volverse loco.
—Pero se nota que usted es bien problemática. ¿Cómo dice eso?
—O sea, sí soy pedera, pero eso es por puro gusto.
Javier y Andrea venían en lo suyo. Ni cantaban ni rezaban. Los escuché hacer un concurso para calificar quién parecía más sacrificado al caminar, el cual se ganaba el título del más pendejo. En ese contexto, la pendeja era doña Ramona, que iba escupiendo y jadeando desde el inicio.
De vez en cuando, la parejita se tomaba selfies dándose un beso de lengua. Aceleraron el paso cuando empezaron a transmitir en vivo en Facebook y no los volvimos a ver por horas. Parecía que el milagro que ellos buscaban era volverse influencers, pero se les acabaron los datos.
El grupo se hacía cada vez más pequeño y formamos binas casi automáticamente, unas más voluntarias que otras.
Las hermanas seguían adelante, Roberto y Mónica en medio, y doña Ramona y yo al final.
Roberto y Mónica traían una platicadera desde que empezamos a caminar. Iban muy risueños y, aunque de repente se ponían a balbucear con las señoras, ya se notaba el coqueteo entre los dos.
A media peregrinación, al cabrón de Roberto parecía habérsele olvidado la manda. Él y Mónica se adelantaron y también se nos perdieron. Daba la impresión de que aquella noche quería redimir algo más que la manda.
Yo venía casi arrastrando los pies para no dejar atrás a doña Ramona.
—Ándele, doña, si seguimos a este paso, nos va a alcanzar la Cuaresma antes de llegar.
—Mira, cabrón, no me estés presionando; por mí, adelántate hasta donde alcances a chingar a tu madre y ahí me esperas.
Al principio sí quería dejarla atrás, pero empezó a contarme unas anécdotas buenísimas que ya no me quise ir. Se acomodó el rebozo, escupió a un lado del camino y arrancó:
—Y es que el hijo de la chingada pensaba que me iba a ver la cara de pendeja. Le dije que me diera un kilo y medio de carne de puerco para pozole, pero sin hueso; el idiota este me la pesó con todo y hueso, ¡y me la quería cobrar igual! Que agarro y que le digo: «¡No, mijo, ese hueso agárralo y métetelo por allá! ¡O por donde tú quieras, ese ya es tu problema! ¡Pero a mí no me estés hinchando los huevos!»
Dimos otros veinte pasos en silencio. Luego, como si un recuerdo le hubiera picado una costilla, volvió a arrancarse:
—El otro día llegó mi hijo y su esposa a la casa. El inútil de mi hijo traía encima una borrachera de tres días y mi nuera venía gritándole como urraca. Ella me volteó a ver como pidiéndome que yo también lo regañara.
—Yo le dije: «Mira, mija, a este wey yo ya lo aguanté por años, y nomás lo hice porque me salió de entre las patas, si no, yo ya lo hubiera mandado a chingar a su madre desde hace tiempo. Si tú lo quieres seguir aguantando, ese es muy tu pedo, pero a mí no me estén…»
—Hinchando los huevos —la interrumpí—. Oiga, doña, ¿y con todo esto no ha pensado en que a usted la puedan canonizar?
—No estaría mal: «la santa de los huevotes».
—Usted ni huevos tiene.
—¿Ah, los quieres ver? Nomás que si los ves, los agarras, cabrón.
—¡Doña Ramona, qué barbaridad! Póngase a rezar. Mire usté, venir hablando majaderías aquí —le dijo Bertha.
—Hija, si yo sí vengo rezando; el que viene con sus payasadas es este menso. Mira, ahí te va una que me gusta decir cuando vengo a ver a la patrona:
«Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo… brrr, brrr, brrr, brrr, Espíritu Santo, amén».
En total ya llevábamos unas cuatro horas andadas y se notaba el cansancio. Comencé a sentir algo de hambre, así que saqué una de las tortas que me había hecho mi papá.
—¡Míralo, te mandaron con lonche! —dijo Bertha—. ¿De qué es tu torta?
—Doña, traigo unos Doritos si quiere, torta no le voy a dar.
—Ni quién te ande pidiendo algo, méndigo languciento. —Sacó su Coca de tres litros, me arrebató los Doritos y se fue compartiendo con su hermana el aperitivo.
A mi amiga, doña Ramona, sí le compartí un pedacito de torta porque ya la veía muy pálida. Yo no sé quién dejó salir a esa señora de su casa; ni con diez pesos la mandaron.
—¡Qué torta tan desabrida! ¿Y qué es esta chingadera? ¿Queso de puerco? Te juro que si me ponen un «putazo», quedaría más agradecida —me dijo, mientras se limpiaba la crema de los cachetes.
—Doña, usted está más desabrida. Coma si quiere, si no quédese con hambre.
—Mejor con hambre.
Las hermanas se quedaron atrás. Al parecer, los Doritos y la Coca las empanzonaron y le bajaron a la velocidad, si es que se podía bajar más.
A las cuatro de la mañana, doña Ramona y yo llegamos a Agua de Obispo, ese oasis a mitad del camino donde encuentras baños, comida, ropa, zapatos y la verdadera prueba de la peregrinación: sentarse un rato y ya no sentir las piernas.
Doña Ramona pidió que hiciéramos una pausa porque quería llegar al baño.
—¡Manuel, ven, cabrón! —gritó, y me acerqué corriendo adonde estaban los baños—. ¡Este wey me quiere cobrar veinte pesos por entrar al baño! —dijo mientras señalaba al señor que cobraba en la entrada—. ¿También me vas a limpiar o qué chingaos? Si nomás voy a mear, cabrón, pero si quieres, asómate cuando acabe y agarras lo que te guste para el lonche de mañana.
—Ya, doña Ramona, no sea tan pedera, métase a mear y córrale porque si no ahí se queda dormida —dije mientras le pagaba los veinte pesos al señor.
Mientras mi mejor amiga entraba al baño, prendí un cigarro y me recargué en una pared. De pronto, escuché gritos a unos cuantos metros.
—¡Par de cochinos, calenturientos, ya no respetan! ¡Lárguense a la chingada!
Yo no podía creer que, mientras les aventaban cosas y les mentaban la madre, Roberto y Mónica iban saliendo de un baño donde se les hizo fácil echarse un «fajesito».
Salieron corriendo todos despeinados para reintegrarse a la peregrinación; clarito vi que Roberto me miró, pero se hizo el occiso.
¿Ese wey iba a llegar a agradecerle a la Virgen porque lo dejaron de engañar en compañía de la mujer con la que ahora engañaba a su mujer? Al parecer lo habíamos perdido, y la fe no le alcanzó ni para mantener la bragueta del pantalón arriba. De todos modos, me hice el que no los conocía y seguí esperando.
Apenas estaba procesando el milagro inverso de Roberto cuando apareció doña Silvia, desencajada, como si hubiera visto al diablo vendiendo tamales.
—¡Manuel, Manuel! ¡Ay no, es Bertha! —dijo asustada.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—¡Ay, Manuel! Veníamos acelerando el paso para alcanzarlos, pero a Bertha se le reventó un huarache.
—¿Qué? ¡Por eso le dije lo de los pinches huaraches!
—Se hizo a un lado del camino y se echó al pasto. Me mandó a que consiguiera otros zapatos por aquí. Pero, Manuel, me vine sin dinero. ¿Tú puedes prestarnos para comprarle otros huaraches a Bertha?
—¿Otros huaraches? ¿Neta, señora?
Conseguimos unos zapatos usados y feos, los únicos de su talla. Me los vendieron al mismo precio que dos orinadas de doña Ramona.
Doña Silvia se quedó esperando afuera del baño mientras yo volví a buscar a Bertha. Caminé medio kilómetro en reversa hasta que la vi tirada en el suelo, intentando arreglar su huarache con un pedazo de rafia.
En cuanto llegué, le dije:
—¿Quién va para San Juan? ¿Quién va para San Juan? ¡¿QUIÉN VA PARA SAN JUAN?!
—No estés chingando. A ver, pásame esas porquerías y guárdame estos huaraches, porque todavía sirven.
Se puso sus zapatos «nuevos» y regresamos hasta Agua de Obispo, donde doña Ramona apenas iba saliendo del baño.
—Esa pinche torta me ha de haber hecho daño. Gracias a Dios, ahí quedó todo. Se desquitó cada peso.
—Doña, dé las gracias, pero porque todavía se le mueve el intestino —dije yo, defendiendo mis tortas.
—¿No que nomás iba a mear? —dijo el señor que cobraba en la entrada.
—¡Ay, cabrón! ¡Cómo chingas! ¿Y de qué te quejas? ¡Ya te dije que agarres lo que quieras! Ahí dejé suficiente para que te atasques y le alcances a compartir a tu novio.
Doña Ramona era una manda en sí misma.
Juntos nuevamente, los cuatro volvimos al camino. Después de tantas horas, uno ya no sabía si caminaba por fe, por orgullo o porque le da vergüenza sentarse frente a tanta gente que sigue avanzando.
—Ya te digo, Manuel, mucha gente viene por conveniencia. Se portan como unos cabrones todo el año y luego vienen a pedir milagros. Pero deja que llegue yo al cielo y vas a ver cómo cambian las cosas. Para mí la fe es sencilla: la tienes o no la tienes. Y si la tienes, pues que se te note.
—Pero hay veces que la fe es como el Wi-Fi: a veces tienes buena señal y otras, por más que levantes la mano, no agarras nada.
—Mira, mijo, a mí con que la fe me mueva las rodillas ya me doy por bien servida. Pero tú vive tu vida haciendo lo que se te dé tu gana, creyendo tanto como puedas, mientras no aumentes ni disminuyas la población, todo lo demás es de segunda importancia.
No sé en qué momento dejé de caminar con una desconocida y empecé a hacerlo con alguien que parecía conocerme de toda la vida. Doña Ramona tenía respuesta para todo, seguramente porque ya se había equivocado en casi todo.
El último trayecto fue agonizante y, en su mayoría, en silencio. Las señoras apenas tenían los ojos abiertos, arrastraban el esqueleto y olían a una mezcla de medicamentos y pachuli.
Dieron las siete de la mañana cuando por fin vimos las primeras calles de San Juan. Nadie gritó de emoción. Estábamos demasiado cansados para celebrar, pero estábamos contentos.
Los primeros rayos de luz se sintieron como un premio. Las hermanas seguían tratando de cantar, pero sonaban como si ellas, y no Jesús de Nazaret, hubieran salido del sepulcro al tercer día.
—Ya no siento ni las patas —dijo doña Ramona—. Yo venía a agradecerle, pero así como vamos, la Virgen me va a terminar cargando.
Después de caminar otra media hora, finalmente vimos la catedral. Estábamos a unas cuadras de llegar cuando notamos que Javier y Andrea salían corriendo a interceptarnos.
—¡Doña Silvia, doña Silvia! Venga con nosotros, la policía agarró a sus hijos.
Los niños se aburrieron de esperarnos y empezaron a robar dulces de leche e imágenes de la Virgen en los puestos de la calle. Unos policías montados que iban dando el rondín los vieron y los detuvieron en el acto.
Al escuchar lo que habían hecho sus hijos, doña Silvia sacó energía quién sabe de dónde y se fue corriendo tras Javier y Andrea.
Yo los seguí también, porque me mandó doña Ramona, que se limitó a opinar:
—Siempre sí salieron pendejos tus hijos, Silvia.
Cuando llegamos a donde los tenían, la dulce madre perdió los estribos al ver a sus tres engendros puestos contra la pared y rodeados de policías.
—¡Hijos de su chingada madre! ¡Nomás a eso vienen! ¡No saben comportarse como personas! ¡Parecen animales, trío de pendejos! ¡Me tienen harta, ustedes y el idiota de su padre! —gritaba mientras les pegaba en las nalgas con los huaraches rotos de Bertha.
Los policías trataban de controlarla; Javier y Andrea estaban muy metidos en el chisme también, así que yo decidí regresar con las otras señoras.
Al llegar, les conté lo sucedido.
—Pues ni modo. Al rato los encontramos. Nosotros ya hay que llegar con la Virgencita —me dijeron.
—Pues bueno —contesté.
A las 9:15 de la mañana, por fin llegamos a la catedral. Al cruzar la puerta, algo se calló. No sé si fue el cansancio, el ruido de afuera o la parte de uno que se la pasa haciendo bromas para no sentirse tan solo.
Era más grande de lo que recordaba, o tal vez eran mis rodillas las que se sentían más pequeñas y cansadas esta vez. La luz del sol se colaba a través de los vitrales, proyectando un caleidoscopio de colores en el suelo.
La catedral estaba impresionante, llena de flores blancas y rosas que le daban un aire de boda. Los pétalos frescos resaltaban contra el dorado que cubría cada rincón, como si quisieran recordarnos que, aunque el oro no compra la fe, sí adorna bonito. El olor de las flores se mezclaba con el incienso, aunque el olor de los peregrinos nos recordaba que la fe también suda.
Algunos de ellos avanzaban arrodillados, otros de pie, todos con la mirada fija en la Virgen, a quien podíamos ver resplandeciente en el fondo del altar, con su manto azul y dorado iluminado por las velas que ardían a su alrededor. A un costado, un coro de unas veinte mujeres vestidas de blanco entonaba el Ave María. El sonido era tan dulce que casi se me olvida el dolor de las rodillas y la urgencia de que alguien nos trajera un banquito.
Bertha se arrodilló con esfuerzo en la entrada y se dispuso a avanzar de rodillas hacia el altar porque decía que así la Virgen sabía del verdadero arrepentimiento que teníamos por nuestros pecados. Doña Ramona hizo lo mismo, tal vez por devoción o por envidia de que Bertha llegara así y ella no. Ambas me miraron, casi obligándome a que me arrodillara también.
¡Vaya estampa la de esa mañana! Bertha, doña Ramona y yo, como Pancho Villa con «sus dos viejas a la orilla», avanzábamos de rodillas hacia el altar, tomados de los hombros cantando en coro:
«Oh María, Madre mía, oh consuelo del mortal, amparadme y llevadme a la patria celestial…»
A cada rodillazo, me preguntaba si la Virgencita realmente esperaba tanto de nosotros o si daba por hecho que ya no teníamos remedio.
La verdad es que pocas veces en la vida sentí tanta espiritualidad como esa mañana. Me movía con pura fe, empujando a las viejitas.
Al llegar al altar, nos volteamos a ver con rostros cansados y sonrisas de satisfacción. Cada quien se puso a orar en silencio, y luego doña Ramona me dijo:
—Mijo, lo logramos. Llegamos con la Virgencita. ¡Gracias a Dios! —Yo solo la volteé a ver y sentí que ya la quería. Después, volteó hacia el altar y oró:
—Virgencita, quiero pedirte que pronto me hagan «cancha» allá en el cielo, ya quiero descansar —pidió doña Ramona.
Lo dijo sin drama, casi con ternura. Como pidiendo que le bajaran el volumen al mundo. Nos volteamos a ver y nos reímos e insultamos al mismo tiempo.
En ese momento, sentí que alguien me tomó por los hombros: era Roberto.
—Lo logramos, hermanito, ya estamos aquí —me dijo muy solemnemente.
—¿Y sí te lavaste las manos, hermanito? Porque todavía te huelen a cajeta.
—Ya, wey, luego te cuento lo que pasó.
Me puse de pie, nos fundimos en un abrazo, nos persignamos y salimos al atrio a esperar a los demás.
Afuera volvió el ruido: puestos, cajeta, nieves, peregrinos buscando sombra y niños llorando por un dulce. Nosotros nos sentamos a comer en el atrio.
Poco a poco, todos fueron llegando, incluso Javier, Andrea, doña Silvia y sus hijos, con semblantes solemnes y auras de santidad, como si al salir al sol ya no importaran sus babosadas.
Blasfemos, infieles, ladrones y viejillas malhabladas, compartimos una linda mañana comiendo dulces de cajeta y nieves de limón.
Pero mientras estábamos allí sentados, doña Ramona por fin se quedó callada.
El cansancio le cayó de golpe y se desmayó. Parecía que el cuerpo, finalmente, decidió tomarse un descanso sin pedirle permiso.
La gente alrededor comenzó a murmurar, y algunos intentaron echarle aire con abanicos improvisados. Tratamos de reanimarla, pero sus ojos seguían cerrados. No tardaron en llegar los paramédicos y, a pesar de sus esfuerzos, no lograron despertarla.
Cuando la ambulancia llegó y la subieron a la camilla, doña Silvia y Bertha me miraron como diciendo: «A ti te toca». Yo me subí sin pensarlo para acompañarla, y ellas me dijeron que nos alcanzarían en el hospital.
Ahí, en la camilla, vi a doña Ramona en silencio, tan en calma que parecía estar, por primera vez, en un lugar que había buscado.
—¿Es tu abuelita? —me preguntó un paramédico mientras revisaba sus signos vitales.
—Es mi amiga —le respondí. Y por un segundo la palabra «amiga» me supo a poco.
—Pues tu amiga tiene la presión muy baja y presenta bradicardia. No me digas que venía en la peregrinación de anoche.
Me miró como si el pendejo fuera yo.
Empecé a pedirle a Dios y a la Virgen que la ayudaran, pero en medio de la plegaria me acordé de lo que doña Ramona había pedido en el altar: descanso. Tal vez, después de tantos años de ir y venir, la Virgen había decidido cumplirle el deseo. Me quedé en silencio.
Al llegar al hospital, bajamos de prisa. La ingresaron y me quedé esperando afuera con la mente en blanco. Veinte minutos después, el doctor vino a darme la noticia.
Doña Silvia, Bertha, Roberto y los demás aparecieron media hora después mientras yo me fumaba un cigarro.
—¡Manuel, Manuel! ¿Qué pasó? ¿Qué te han dicho? ¿Cómo está doña Ramona? —me preguntaron, con las voces cargadas de esa angustia que ya se vuelve costumbre en los hospitales.
—Me dijeron que ya no está —les dije.
Todos entendieron al instante. Poco a poco comenzaron a caer las lágrimas. Bertha se persignó, doña Silvia bajó la mirada y Roberto se quedó en silencio. Nadie preguntó nada más.
Nos quedamos un rato afuera del hospital, todavía con el cansancio de la peregrinación encima. Después de tantas horas caminando, rezando y diciendo pendejadas, resultaba extraño que doña Ramona ya no estuviera ahí para decir la última.
Al día siguiente, ya en Lagos de Moreno, volvimos a caminar. Esta vez no íbamos rumbo a San Juan, sino detrás de la carroza que llevaba a doña Ramona al panteón.
Después de la misa de cuerpo presente, familiares, vecinos y conocidos acompañamos el cortejo. Yo, con las ampollas que me había dejado la peregrinada, aguanté lo que pude hasta que terminé subiéndome de copiloto con el chofer de la carroza. Quizá no era el momento más digno para ser ventajoso, pero también estaba seguro de que doña Ramona habría entendido.
—Bájate, cabrón. Vente a caminar —me decía Bertha, con esa voz de vieja regañona.
—Doña hay espacio atrás, súbase si quiere. No se le vaya a romper la rafia a esos huaraches.
—Sí quiero. Vengo bien jodida. Y ya deja en paz a mis huaraches que, aunque fuera en las manos, llegaron hasta la Virgencita.
—No se preocupe, Bertha, la Virgencita ya le cumplió su milagro a doña Ramona; luego me cumple el mío y a usted le van a ganar las ganas de ponerse calcetines.
Finalmente, llegamos al panteón. Bajamos el ataúd y entre algunos cuantos sepultamos a doña Ramona en una ceremonia simple y sin mucho llanto. Me quedé mirando cómo bajaban la caja y no pude evitar pensar en la extraña conexión que habíamos compartido. Apenas la conocí una noche, pero esa noche fue la última de su vida, y eso bastó para que quedara en mi memoria para siempre.
Y aunque ahora debe estar ocupada chingándole la madre a la gente allá en el cielo, sé que de vez en cuando se acordará y volteará hacia aquí abajo para burlarse un poquito de los que aún estamos aquí, y que seguimos igual de perdidos.
Salí del panteón y me quedé un rato solo en el jardín de afuera tomándome un tepache, reflexionando sobre la vida y la muerte mientras veía a otra carroza llegar.
Tal vez todos somos eso: peregrinos con los pies cansados y el corazón inquieto, esperando que alguna súplica encuentre eco y nos devuelva la calma… o nos la dé por primera vez.
Doña Ramona sí llegó. Nosotros seguimos caminando.

















Comentarios