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Registro de acciones

14 may
2 min de lectura

Hace veintidós años y trescientos sesenta y cuatro días que no pauso el aliento. Desde entonces, he tenido la mala costumbre de acertar en mis errores y equivocarme en mis aciertos. He aprendido a vivir con esa injusticia tan mía: que algunas virtudes me salgan defectuosas, y que mis defectos jamás tengan la cortesía de volverse virtudes. ¡No es mi culpa que yo siempre sea el culpable!

A lo largo de estos años he conseguido más cosas haciéndome pasar por tonto que intentando parecer inteligente. Si tengo algún talento, debe ser ese: que me sale lo imbécil con una naturalidad profesional. Tal vez sea un superpoder, aunque todavía no encuentro quién me pague por salvar al mundo así.

He vivido bien y, aunque me gusta la educación, muchos de mis mejores recuerdos son de cuando la he perdido. Hay noches en que uno aprende más rompiendo sus reglas que obedeciéndolas; noches sin juicios ni prejuicios, donde uno despierta sin saber muy bien si llegó a su casa o a una versión más honesta de sí mismo. No me enorgullecen esos días, pero tampoco pienso negarlos: algo de mí salió triunfante, más vivo, de esas derrotas.

Tengo veintidós años y trescientos sesenta y cuatro días. A esta edad, la vida ya me ha dado un par de revolcadas. Supongo que a todos nos llega el momento de quedarnos en pedazos, sin saber muy bien qué parte recoger primero. Lo curioso es que, cuando uno vuelve, se da cuenta de que es la misma vida la que te regresa; pero no vuelves igual: regresas parchado, con una especie de coraje por seguir aquí.

Aprendí la diferencia entre el amor inofensivo y el amor indefenso; entre palabras y sonidos articulados; entre los tacones de una cualquiera y los que lleva puestos una mujer. Hoy sé distinguir los mejores crisantemos del jardín, y me he decidido por “Carpe Noctem” en cualquier rincón donde antes habría cabido un “Carpe Diem”.

Tengo veintidós años y trescientos sesenta y cuatro días, y estoy parado en ese punto extraño donde uno ya no sabe si cumplió sus planes o si sobrevivió a ellos. No he llegado a todo lo que imaginaba, pero tampoco sigo siendo el mismo que lo imaginó. Quizá crecer sea cambiar de destino sin traicionarse del todo.

Hombre joven de espaldas en una calle nocturna y húmeda, con chaqueta remendada, humo y luces cálidas, evocando memoria, excesos y reconstrucción personal.

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