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Carta a quien se le derrumbó el mundo por primera vez

20 sept
4 min de lectura

Actualizado: 11 oct


Lagos de Moreno, Jal., a 5 de marzo de 2026


Portada literaria con un muro antiguo derrumbado frente a un lago al atardecer, una taza, una libreta abierta y flores secas, evocando duelo, calma y reconstrucción emocional.

No sé exactamente qué fue lo que te pasó. No sé si fue una ausencia, una verdad que llegó tarde o un silencio demasiado largo. No sé si ocurrió de golpe o si venía sucediendo desde hace tiempo, hasta que un día por fin tuvo nombre. Pero sé que hay dolores que no hacen ruido afuera y, aun así, por dentro colapsan ciudades enteras.


La vida no suele avisar que viene a partirnos en dos. Uno se levanta, se lava la cara, se toma un café, y de pronto pasa: se te quiebra el mundo por dentro.


Los primeros días tienen una crueldad particular. A veces despiertas y, durante dos segundos, no recuerdas nada. Luego la memoria regresa completa y tienes que enterarte otra vez. Hasta las costumbres más pequeñas parecen haber tratado con aquello que perdiste. Y llega la noche, cuando ya no quedan pendientes ni conversaciones para distraerte, y entiendes que las horas también pesan.


Lo que más duele es esa sorpresa. Descubrir que también algo así podía doler tanto. Que el alma, aunque no tenga huesos, también sabe fracturarse. Que uno debe seguir caminando con el corazón hecho escombros, aunque casi nadie lo note. Eso es lo más cruel de ciertas heridas, que no sangran donde los demás puedan verlas. No hay yeso para la tristeza. No hay radiografías para la nostalgia. No hay incapacidad médica para quien ya no sabe cómo cargar consigo mismo.


Nadie nos enseña qué hacer la primera vez que el mundo se nos desmorona. Nos enseñan a sonreír en las fotos, a decir “buenos días”, pero nadie nos enseña qué hacer cuando la pena se sienta a comer con nosotros, cuando la noche se vuelve demasiado grande y el pecho demasiado pequeño.


La primera vez es especialmente brutal porque no solo pierdes aquello que perdiste. También pierdes la certeza infantil de que ciertas cosas no podían pasarte a ti. Hasta entonces creías, aunque nunca lo hubieras dicho, que había una parte de tu vida a salvo. Después del golpe descubres que no existen esos lugares invulnerables. Por eso duele tanto. No solo debes despedirte de una persona, de un futuro o de una versión de la verdad; también debes despedirte de la inocencia con la que habitabas el mundo.


Uno cree que sufrir consiste solo en extrañar lo que se fue. Pero a veces el sufrimiento verdadero consiste en extrañarse a uno mismo: al que uno era antes del golpe, antes del miedo, antes de saber que el mundo también podía ponerse así de frío. Por eso, seguramente la paz empiece el día en que, entre tanta ruina, uno vuelva a reconocerse a sí mismo.


Por un tiempo vas a buscarte en fotografías viejas. Vas a mirar la cara que tenías antes y a preguntarte qué sabía ese de la vida, qué preocupaciones tan pequeñas lo mantenían despierto. Tal vez sientas envidia de él, de su ignorancia, de la facilidad con que sonreía sin sospechar lo que venía. Querrás volver a serlo, pero nadie regresa intacto al lugar anterior al dolor. Eso no significa que te hayas perdido para siempre. Significa que tendrás que conocerte de nuevo, con esta herida incluida, y aprender a querer también a quien logró salir de ella.


No te escribo para decirte que todo estará bien. No vengo a repetirte esa vieja violencia disfrazada de consuelo. Cuando uno está roto, las palabras ajenas suelen sonar como platos acomodándose en una casa que se incendia. Tampoco puedo pedirte fortaleza, porque se dice como si estar roto fuera un fracaso. Como si llorar fuera rendirse. Como si la dignidad consistiera en soportarlo todo con la espalda recta y la voz firme. No. Hay una dignidad más honda: la de admitir que algo nos venció por un momento. No te avergüences de eso. Solo se rompe por dentro quien de verdad estuvo vivo en lo que le importaba.


Llegará un momento en que te reirás de algo y enseguida sentirás culpa. Comerás con apetito, dormirás una noche entera o pasarán veinte minutos sin que pienses en lo ocurrido. Entonces quizá te preguntes si estás olvidando demasiado pronto, si sentir alivio traiciona lo que amaste o lo que perdiste. Pero sanar no vuelve pequeño lo que te lastimó. Una herida no demuestra su importancia permaneciendo abierta. Puedes conservar el recuerdo sin condenarte a vivir dentro del peor día de tu vida.


Y aunque ahora no lo parezca, la normalidad que hoy te ofende será un día el hilo que te regrese. El olor de la lluvia. La risa de alguien. La luz entrando por una rendija. Las cosas pequeñas no resuelven el dolor, pero lo vuelven habitable.


Un día, sin que nadie te avise, volverás a sentir ganas. No de todo. No de inmediato. Pero de algo. Y ese día no significará que olvidaste, sino que aprendiste a seguir con la ausencia sentada en otro lugar del cuarto.


No tendrás que avanzar en línea recta. Habrá mañanas tranquilas y tardes en las que todo parezca comenzar de nuevo. Pero el dolor también tiene memoria y, a veces, regresa a comprobar si todavía conoce el camino. Déjalo pasar sin creer que has vuelto al principio. Ya no eres quien recibió el golpe sin saber qué hacer. Incluso en los días malos, llevas contigo la prueba de que antes pudiste llegar hasta aquí.


Vas a volver a encontrarte. No exactamente donde te perdiste, pero serás capaz de hablar sin miedo de lo que un día te dolió tanto. No trates de reconstruirlo todo. Basta con cuidar esa pequeña parte que sobrevivió al derrumbe; lo que no se destruyó es lo que te ayudará a empezar de nuevo.

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