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Carta a quien se le derrumbó el mundo por primera vez

14 ago
3 min de lectura


Lagos de Moreno, Jal., a 5 de marzo de 2026


A quien se le derrumbó el mundo por primera vez:

No sé exactamente qué fue lo que te pasó. No sé si fue una ausencia, una verdad que llegó tarde o un silencio demasiado largo. No sé si ocurrió de golpe o si venía sucediendo desde hace tiempo, hasta que un día por fin tuvo nombre. Pero sé que hay dolores que no hacen ruido afuera y, aun así, por dentro colapsan ciudades enteras.

La vida no suele avisar que viene a partirnos en dos. Uno se levanta, se lava la cara, se toma un café, y de pronto pasa: se te quiebra el mundo por dentro.

A veces lo que más duele es esa sorpresa. Descubrir que también esto podía doler tanto. Que el alma, aunque no tenga huesos, también sabe fracturarse. Que uno debe seguir caminando con el corazón hecho escombros, aunque casi nadie lo note. Tal vez eso sea lo más cruel de ciertas heridas, porque no sangran donde los demás puedan verlas. No hay yeso para la tristeza. No hay radiografías para la nostalgia. No hay incapacidad médica para quien ya no sabe cómo cargar consigo mismo.

Nadie nos enseña qué hacer la primera vez que el mundo se nos desmorona. Nos enseñan a sonreír en las fotos, a decir “buenos días”, pero nadie nos enseña qué hacer cuando la pena se sienta a comer con nosotros, cuando la noche se vuelve demasiado grande y el pecho demasiado pequeño.

Uno cree que sufrir consiste solo en extrañar lo que se fue. Pero a veces el sufrimiento verdadero consiste en extrañarse a uno mismo: al que uno era antes del golpe, antes del miedo, antes de saber que el mundo también podía ponerse así de frío. Tal vez la paz empiece el día en que, entre tanta ruina, uno vuelva a reconocerse.

No te escribo para decirte que todo estará bien. No vengo a repetirte esa vieja violencia disfrazada de consuelo. Cuando uno está roto, las palabras ajenas suelen sonar como platos acomodándose en una casa que se incendia. Tampoco puedo pedirte fortaleza, porque se dice como si estar roto fuera un fracaso. Como si llorar fuera rendirse. Como si la dignidad consistiera en soportarlo todo con la espalda recta y la voz firme. No. Hay una dignidad más honda: la de admitir que algo nos venció por un momento. No te avergüences de eso. Solo se rompe por dentro quien de verdad estuvo vivo en lo que le importaba.

Y aunque ahora no lo parezca, la normalidad que hoy te ofende será un día el hilo que te regrese. El olor de la lluvia. La risa de alguien. La luz entrando por una rendija. Las cosas pequeñas no resuelven el dolor, pero lo vuelven habitable.

Un día, sin que nadie te avise, volverás a sentir ganas. No de todo. No de inmediato. Pero de algo. Y ese día no significará que olvidaste, sino que aprendiste a seguir con la ausencia sentada en otro lugar del cuarto.

Aunque ahora no lo sepas, vas a volver a encontrarte. No exactamente donde te perdiste, ni siendo la misma persona, pero serás capaz de hablar sin miedo de lo que perdiste. No trates de reconstruirlo todo. Basta con cuidar esa pequeña parte que sobrevivió al incendio; lo que no se quemó es lo único que nos ayudará a empezar de nuevo.

Con mucho cariño,

Manuel Cedillo De Santiago

Portada literaria con un muro antiguo derrumbado frente a un lago al atardecer, una taza, una libreta abierta y flores secas, evocando duelo, calma y reconstrucción emocional.


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