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La última vez que dijeron mi nombre

8 may
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Actualizado: 12 may


Eran las seis de la tarde cuando desperté con la sensación de haber interrumpido algo. No supe qué día era ni cómo había llegado a la cama de ese viejo hospital.  Afuera se escuchaba el viento arrastrando tierra contra las ventanas. El doctor Alfonso me dijo que había estado dormido tres meses y que nadie vino a verme durante ese tiempo.

Todos en el hospital parecían saber quién era yo, pero me evitaban. Las enfermeras me hablaban con la indiferencia con que se le echa de comer a los pájaros. El doctor se limitaba a decirme que ya podía irme y un hombre que barría el pasillo me saludaba al pasar sin detenerse. Ninguno de ellos decía mi nombre.

No fue algo que noté de inmediato. Al principio pensé que era casualidad. Pero después de un rato empecé a escuchar cómo se llamaban entre ellos. Cada nombre me golpeaba la cabeza.

—Dile a Martina que venga.     

—Don Jaime dejó las llaves en la mesa.     

—A Aurelio lo andan buscando.

 Los nombres iban y venían por el pasillo como si el viento los empujara de un lado a otro. Yo era un hueco en medio de la nada. Los escuchaba pasar uno tras otro, pero el mío no aparecía. Ni siquiera yo lo recordaba.

Busqué en los cajones de la mesa junto a la cama, esperando encontrar algún documento, una cartera, algo que me revelara quién era. Pero no había nada.

Martha, la enfermera de turno, me dijo que me había golpeado la cabeza al caer de un segundo piso. No sabían si fue un accidente o si fui yo mismo quien se lanzó al vacío. Trataba de recordar, pero la cabeza me seguía doliendo y no pensaba con claridad. Además, el dolor del pecho era aún más fuerte que el de la cabeza.

Mi madre, Lourdes, vino por mí cuando supo que había despertado.

—Ponte esta ropa y vámonos a casa.

No se veía muy entusiasmada. Mi regreso a la vida no parecía alegrarle; apenas alteró el orden de su mañana. Evitaba mirarme a los ojos. Parecía ayudarme solo porque me había parido.

Quise decirle que yo recordaba su nombre. El suyo seguía ahí, intacto, mientras el mío no existía. Pero supe que al preguntarle le dolería hasta pronunciarlo.

Firmamos un alta sin nombre. Nadie me dio indicaciones. Nos fuimos del hospital. Lo único que me dijo el médico fue que me tomara la vida como si ya hubiera pasado.

Al cruzar el umbral del hospital, una ráfaga de viento me trajo un olor denso, seco, como de leña quemada hace mucho tiempo y que nunca nadie barrió. Me llevé la mano a la nariz, pero el olor no estaba en el aire, parecía venir de mis propios poros.

Ese viento traía nombres. Los empujaba hasta mis oídos uno tras otro, sin dejar espacio para el mío: “Martín, Luisa, Roberto, Carola, Carlos, Margarita, Rosita, Rosalba, Ventura”. Todo mundo se llamaba de alguna manera; yo no era más que un pronombre.

Mi madre se adelantó a comprar algunas cosas; quedamos de vernos más tarde en casa.  Me detuve frente a la tienda de la primera esquina. El viejo Rufino estaba sentado afuera, bajo la sombra de un tejaban, fumando un cigarro con la calma de quien ha visto lo suficiente.

Cuando me acerqué, levantó la vista. Nos quedamos mirándonos un momento.

—Buenos días —le dije. El viejo asintió.

—Buenos días.

Pensé que diría algo más, pero no dijo nada. Entonces hice la pregunta que llevaba atravesada en la garganta desde que desperté.

—¿Usted sabe cuál es mi nombre?

El viejo se encajó el cigarro entre los pocos dientes que le quedaban y dejó que la brasa avanzara hasta que el calor le quemó los labios. Solo entonces escupió la ceniza contra el suelo.

—Sí —dijo.

Esperé. Pero el nombre no llegó. Se puso de pie y después se fue.

Seguí caminando. En la acera de enfrente pasó doña Norma, la madre de mis amigos Matías y Felipe. En cuanto me vio, sus ojos se llenaron de rabia. No me dijo nada. Me volvió la cara y siguió su camino sollozando.

Caminé por la calle principal y el negro se volvió el único color del pueblo. Había moños de tela colgados en casi cada aldaba, algunos ya descoloridos por el sol, otros tan nuevos que parecían brillar. No eran simples señales de luto; eran ojos oscuros que me miraban pasar, recordándome que en cada una de esas casas faltaba alguien.

No entendía nada. Respiraba con dificultad ese aire quemado. Tenía miedo porque en mi mente no había nada. Pero no recordar no me hacía inocente, apenas me volvía más indefenso.

¿Por qué nadie me dice algo? ¿Cuál es mi maldito nombre?

¡Tomás! ¡Ana! ¡Emilio! ¡Lupita!, los nombres no paraban de sonar y ninguno me hacía voltear. Solo retumbaban en mi cabeza.

Decidí entrar un momento a la iglesia buscando un poco de silencio, pero ahí también había nombres. Los había por todas partes.

Estaban en las placas de madera clavadas en las bancas, en las veladoras que ardían frente a los santos, en las pequeñas cruces colgadas en las paredes. Nombres escritos con tinta, con pintura, rayados sobre la madera.

Por el alma de Ernesto.     

Gracias por el favor recibido, María del Carmen.     

Rogelio, no te olvidamos.

El pecho me seguía doliendo. No como antes. Ahora era un dolor más hondo, como si no estuviera en el cuerpo sino en otra parte que, para variar, no sabía nombrar. Me acerqué a una vitrina donde estaban San Joaquín y Santa Ana. La gente iba a dejar sus retablitos en agradecimiento a los milagros que les habían concedido. Y no dejaban de aparecer nombres.

Los leía en voz baja, como si al hacerlo pudiera recordar el mío.

—Uriel… María del Rosario… Miguel… Palomita…

Ninguno me pertenecía.

Caminé hacia el fondo, donde estaban las criptas. Ahí los nombres ya no eran súplicas ni agradecimientos. Eran fechas grabadas en piedra. Nombres completos. Historias resumidas en dos líneas. Pasé la mano por las lápidas.

—Cornelio Asunción Martínez, 1972–2013.

—Mónica Sánchez Jímenez, 1985–2020.

Me detuve frente a una tumba sin nombre. No era la única; había varias. Sentí un escalofrío.

—No todos los nombres necesitan escribirse para recordarse —dijo una voz detrás de mí. Volteé.

El sacerdote Juan de Dios estaba de pie a unos metros, observándome.

—Pensé que aquí… —dije, sin terminar la frase.

—Aquí descansan los muertos —respondió—. No más.

Se acercó despacio.

—¿Buscas a alguien?

Lo miré un momento.

—A mí.

El sacerdote asintió, como si la respuesta no le sorprendiera y después continué.

—Nadie me dice cómo me llamo; parece que nadie lo sabe.

Guardó silencio unos segundos.

—No es que no lo sepan, sino que un hombre sin nombre depende de la memoria ajena. Y allí es donde el pueblo te quiere.  

—¿Pero por qué?

El sacerdote giró la mirada hacia las criptas. No me miró, pero vi cómo sus dedos, manchados de un polvillo grisáceo, apretaban con rabia su Biblia. Parecía que la ceniza se había vuelto parte de la piel del pueblo, una costra invisible que nos unía a todos en el mismo incendio.

—Hay nombres que dejan de pronunciarse.

El viento se coló por una de las puertas laterales y movió ligeramente las veladoras. Las llamas temblaron, como si también quisieran decir algo.

—¿El mío es uno de esos? —pregunté.

—El tuyo… —dijo, y se detuvo—. El tuyo es distinto.

—¿Distinto cómo?

Me sostuvo la mirada.

—Hay nombres que el pueblo deja de decir. —Hizo una pausa—. Y hay otros… que el dueño del nombre pide que no vuelvan a pronunciarlo.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier respuesta.

—Yo no recuerdo haber pedido nada de eso.

—No —dijo el sacerdote—. Pero eso no significa que no lo hayas hecho.

El pecho me ardió.

—¿Hacer qué? ¡Por favor, se lo imploro, dígamelo!

El sacerdote no respondió nada. Me dio su bendición y me dejó solo.

Volví a mirar las criptas. Las tumbas sin nombre parecían recién selladas. Se me vino encima un arrepentimiento sin recuerdo. Me senté en el suelo y lloré.

Traté de tranquilizarme, pero la calma nunca llegó. Salí corriendo de la iglesia y llegué hasta el centro de la plaza. El sol estaba a punto de desaparecer cuando, debajo del kiosco, comencé a gritar:

—¡Díganme cómo me llamo! ¡Díganme quién soy y lo que hice!

Algunas señoras empezaron a retirar a sus hijos asustados. Otros se acercaron a ver al loco del pueblo. Yo seguía gritando y pidiendo piedad sin saber por qué. Todos me miraban como se mira a alguien que ya está perdido. El pueblo no me odiaba, pero me había acomodado en un lugar peor que el odio.

Entre la multitud, de pronto se acercó mi madre. Me miró con vergüenza y desprecio. Siguió mis pasos con la vista como se mira una mancha en el suelo.  

Mi madre no tenía un moño en la puerta; lo tenía en el alma. Al acercarse a mí, el olor a ceniza se volvió insoportable, como si ella misma fuera el epicentro de la quema. Su ropa negra no era por una sola muerte; era el uniforme de un pueblo que al parecer yo mismo había ayudado a enterrar.

—Vámonos —dijo, hablándole al aire que estaba a mi derecha—. Ya se nos hizo tarde para empezar a olvidar.

—¡Madre, te lo suplico, dime quién soy!

Sus ojos, secos de tanto llorar en el pasado, se clavaron en los míos con una frialdad que me detuvo el corazón. No había amor, solo un cansancio infinito.

—Eres el espacio que dejaron los que ya no están —susurró—. Camina y cállate, que tu voz es el único ruido que este pueblo no quiere escuchar.

—¡No, no hasta saber cuál es mi nombre!

Mi madre metió la mano al bolsillo del delantal y sacó una pequeña medalla ennegrecida, torcida por el calor.

—Mírala bien —dijo con la voz rota—. Busca aquí tu nombre, y si lo encuentras, que sea la última vez que lo escuches.

Se dio la vuelta y se fue perdiendo entre la gente, como si se la fuera tragando la misma tierra. La multitud también se dispersó mientras yo caí de rodillas con la cara torcida por el horror y el arrepentimiento.

La plaza quedó vacía. El sol desapareció y nunca llegó la luna. Solo quedamos un niño y yo. Él no parecía temerme ni odiarme; frotaba sus pulgares como lo había hecho yo toda la vida cuando tenía algo importante entre las manos.

Se acercó, y a diferencia de todo lo que había visto esa tarde, su piel no estaba manchada de gris. Se detuvo a un paso de mí y, por primera vez desde que desperté, el olor a quemado desapareció, reemplazado por el aroma reconfortante de la lluvia sobre la tierra limpia. Él era lo único que el fuego no había alcanzado.

Colocó su mano sobre mi cabeza y su tacto me resultó insoportablemente familiar. Mantuve la vista clavada en el suelo, pero el cuerpo se me llenó de una extraña calma cuando sentí que la luz volvía y el viento dejaba de azotar las esquinas.

—Yo te perdono —me dijo en voz queda.

Sentí que el pecho se me abría por dentro. Era la primera vez que el perdón me miraba con mi propia cara.

—Vamos —continuó—. Te diré mi nombre.

Hizo una pausa.

—Aunque ya deberías saberlo, porque así solías llamarte tú.

Entonces levanté la mirada. Y en sus ojos vi mi infancia retratada, aguardando en el único refugio que me quedaba: el instante previo a convertirme en este silencio.

Ilustración de un hombre de espaldas en una plaza antigua y desolada, frente a un niño, con un kiosco al fondo y un ambiente melancólico de memoria, culpa y perdón.

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