El tiradero que dejaste
Actualizado: 23 sept

Cariño, deberíamos repetir lo del otro día.
No sé bien qué hicimos con las horas, pero todavía hay algo tuyo en los muebles, en el silencio, en la forma torpe en que la tarde se quedó mirando desde la ventana.
Yo sigo encontrando pretextos para no tocar nada.
Ese vaso sobre la mesa. La almohada hundida de tu lado. Una silla apenas movida de su sitio. No es gran cosa. Son apenas pequeños accidentes de haber estado aquí.
Me gusta encontrarlos.
Me hacen pensar que saliste hace un momento y que en cualquier instante vas a abrir la puerta, reclamarme por no haber levantado la mesa y continuar exactamente donde nos quedamos.
Te has dejado olvidada en este lugar.
Encuentro palabras tuyas por toda la habitación. Algunas todavía flotan encima de la cama. Otras están atoradas en las paredes. Hay risas tuyas cerca de la ventana y un silencio incómodo junto a la puerta.
He ido recogiendo todo despacio.
Pero hay cosas que no puedo levantar con las manos.
Tu olor en una camisa. Tu nombre en ciertas canciones. El espacio que dejabas en la cama.
Es difícil averiguar qué hacer con una vida después de que alguien se va de ella.
No sé dónde se guardan las conversaciones que ya no van a continuar. No sé qué se hace con los planes que solo tenían sentido entre dos personas. No sé en qué bolsa se meten las promesas cuando dejan de servir. Y tampoco sé qué hacer con todo lo que aprendí a ser mientras estabas aquí.
Pensé que despedirse sería verte marchar. Cerrar la puerta. Escuchar tus pasos alejarse. Esperar hasta dejar de oírlos. Pero tu despedida no ocurrió cuando te fuiste. Empezó después.
Cuando encontré tu cabello en los rincones. Cuando aparecieron las fotos que habías olvidado. Cuando, por costumbre, compré algo que te gustaba.
Y entonces tuve que volver a perderte.
He ido limpiando poco a poco. Ya tiré algunas cosas. Guardé otras. Hay recuerdos que todavía no me atrevo a tocar. Pero llegará el día en que tendré que levantar lo último. Cambiar las sábanas, mover los muebles, abrir las ventanas.
Y aceptar que una casa habitada puede seguir vacía.
Seguiré recogiendo el tiradero que quedó de nosotros. Y cuando al fin termine, aceptaré que nunca fue por poner orden. Se trataba de aprender a despedirme.

















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