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¿Y Rosita?

11 may
2 min de lectura

Actualizado: 16 may


Rosita se quedó sin la oportunidad de que yo la rechazara, porque, desvergonzadamente, ya me había rechazado ella. Ni siquiera me dio tiempo de convencer a su cuerpo de que mis manos tenían buenos modales, ni de hacer un desfile de besos bajo su vestido de primavera.

Se fue Rosita, pero no sin algunos rencores que todavía le guardo. Le agarré coraje porque nunca me besó de lengua. Además, jamás me miró con esa mirada de animalito sin dueño para suplicarme que nunca me fuera de ella. ¿Qué pedo con Rosita?

Por si fuera poco, varias veces se quedó a mi lado hasta la madrugada sin que sucediera nada. Dirán que fue el pudor lo que nos contuvo, pero yo, que estuve allí, aseguro que Rosita usaba enaguas largas y una prudencia todavía más larga. La muy infame se detenía justo cuando la decencia ya estaba pidiendo permiso para largarse.

Ella nunca pensaba en las consecuencias abdominales de quedarse con las ganas.

Rosita tenía la indecencia de ser decente. A mordiscos le hubiese arrancado el bies a todas sus enaguas, a todos sus fustanes. Si bien que nos queríamos, si bien que nos gustábamos; era pa’ que yo no estuviera escribiendo tonterías, y ella pa’ que estuviera dejándome la conciencia peor que mis camisas sucia.

El problema de Rosita fue que nunca terminó de creerme. Según ella, en cuanto me quedaba solo, salía yo a hacer inventario de calzones ajenos. Rosita tenía esa costumbre infame de quedarse callada justo cuando uno necesitaba que dijera cualquier cosa. Lo peor es que hasta en silencio parecía estar ganando la discusión.

¡Pero a ver qué dice ahora! Después de casi un lustro, o mes y medio alrededor, sigo escribiéndole aquí en mi cuarto, donde además de mis ropas, una botella de tequila, una araña y su telaraña, y un libro de Franz Kafka —que no he leído, pero que tengo para cuando salga el tema de Franz Kafka—, lo único que cabe es su fotografía.

Una fotografía que, de tanto mirarla, ya parece cansada de mí. La han dañado mis pupilas, mis besos y esta necedad de recordarla como si todavía pudiera llegar tocando la puerta.

Maldita Rosita. Se fue creyendo que yo tenía demasiadas puertas abiertas, sin saber que todas daban al mismo cuarto: el suyo.

Y a pesar de que la extraño, sigo pensando que hicimos bien en alejarnos, porque lo que Rosita me daba era precisamente lo único que yo no sabía tomar sin romperlo.

Ayer me contaron que Rosita tiene nuevo novio. No me dolió. Nomás se me puso celoso el recuerdo.

Habitación antigua iluminada por luz cálida, con un vestido floral sobre una silla, una fotografía enmarcada, una botella de tequila y una cama desordenada, evocando nostalgia, deseo y ausencia.

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