Manual para enfriar un café
Actualizado: 11 may
El lugar olía a café quemado y a pan dulce recalentado. Había tres mesas ocupadas: dos desconocidos que se contaban la vida como si acabaran de descubrir que tenían una, y un tipo subrayando un libro como si lo estuviera interrogando.
Luego estaba yo: el único cliente capaz de perder una tarde entera frente a una taza de café, con la sospecha de que había elegido mal hasta la bebida.
Es increíble cómo, con sus siempre cinco sobres amarillos de esa azúcar que no es azúcar, pero igual te arruina por otros medios, y esa gotita promiscua que le escurre, infalible, por el costado, una tacita de café me impide dejar la mente en blanco y me vuelve tan pensante como El Pensador de Rodin, pero menos brillante, menos intelectual y con un cuerpo que Grecia habría preferido no esculpir.
Cuando el café estaba caliente, recordaba, entre otras cosas, a una gran mujer; y cuando digo “gran”, lo digo por sus dimensiones, pues se trataba de una presencia inmensa digna de pintura de Botero, que dejaba las zapatillas como sandalias y a los vestidos, cuando los bailaba, después los vendía como sábanas para cama. Esa mujer era una geografía. Tenía caderas con proporciones continentales y una risa que parecía abrir puertas, ventanas y pecados menores... y otros escandalosamente mayores.
Esa señorota me decía que, cuando yo fuera lo bastante “hombrecito”, me dejaría entrar en sus aposentos para mostrarme lo que ocultaba esa lencería de espíritu azteca. Afortunada o lamentablemente —todavía no decido de qué lado poner el recuerdo—, nunca fui más que un chamaco para ella. Y allí se ahogó toda oportunidad de aventurarme en tremenda circunferencia, donde hasta mis deseos más carnales habrían necesitado brújula.
Cuando el café ya estaba tibio, me puse a filosofar; filosofaba una cosa, luego otra, luego filosofaba sobre lo que había filosofado en cafés anteriores y, finalmente, filosofaba acerca de las ventajas de filosofar. Como siempre, nunca llegué a nada, y el café se enfrió. Aun así, como si estuviera hirviendo, le soplaba antes de tomarlo, para que las otras dos mesas no se dieran cuenta de que se me había enfriado por estar filosofando.
Sería bueno aprender alguna filosofía que me enseñe a tomar café, aunque pensándolo bien, siempre he desconfiado de la gente que sabe tomarlo: esos que lo huelen antes, lo miran contra la luz y distinguen notas de cacao, madera y frutos rojos. Yo apenas distingo entre mis traumas de la infancia, si el café ya está frío o si todavía me va a quemar el hocico.
Con mi bebida fría, encendí un cigarro para que mi mesa pareciera tener una razón de existir. Fumaba por pura escenografía. Así, al menos algo soltaba humo, y me la llevaba así: una fumada, un sorbo al café, el humo; otra fumada, otro sorbo, otra nube de humo. Se agotaban la nicotina y la cafeína en paralelo, mientras el mesero comenzaba a recoger las mesas, y yo descubría que era el último cliente en el lugar.
Cuando al fin terminé mi café, pagué la cuenta y volví a pensar en aquella señora. Seguramente ahora tendría esposo. Aun así, decidí caminar por su rumbo, con la esperanza de que la noche me la eclipsara desde alguna ventana y me atrajera su fuerza gravitacional.
Me pregunto si no será mejor cambiar el café por una inofensiva tacita de té, o por cualquier otra cosa que me impida seguir perdiéndome en el mismo lugar donde los demás parecen encontrarse, quererse o, cuando menos, fingirlo mejor que yo.


















Comentarios